Durante el período que va desde el siglo III adC. al siglo V de nuestra era, la Península Ibérica- Hispania y Lusitania- es una provincia más del Imperio Romano. Esto supone, obviamente, no sólo dominación política y militar y la subsiguiente adaptación del estilo de vida y costumbres de los romanos, sino también recibir su influencia cultural, artística, lingüística y literaria. La labor de Roma, en este último  sentido, debe ser tenida como el origen de las culturas de Occidente, sobre todo en cuanto a la lengua, pues, como es sabido, de la evolución del latín culto y el latín vulgar usado y extendido por los diferentes territorios del Imperio nacerán las lenguas románicas o romances: gallego, portugués, castellano, catalán, francés, italiano, rumano, etc. La importancia de este hecho está fuera de toda duda y dicho origen común puede rastrearse hoy en día tanto en el aspecto puramente etimológico de cada una de las lenguas y culturas sobre otras a lo largo de los últimos quince siglos.

La pervivencia del latín, no obstante, será mayor que la del propio Imperio. La lengua clásica se convierte, por razones diversas, en vehículo de las manifestaciones culturales escritas así como en la lengua de la ciencia, la filosofía y las relaciones diplomáticas. Esta opción se fundamenta en una cierta lógica observada por las antiguas comunidades del Imperio: por una parte, la lengua latina mantiene el vínculo de sus usuarios con la época y la cultura clásicas, a la par que distingue lo tratado por ellos de las manifestaciones domésticas o populares, que utilizan un habla nacida de particulares y peculiares evoluciones del latín vulgar; por otra, el latín clásico de la escritura unifica la cultura de Occidente y es, además, la lengua de la Iglesia católica. En el caso de España, esta situación en la que se privilegia el uso literario de la lengua clásica llegará hasta el siglo XVII, aunque desde el siglo XIII, gracias a la labor y las ideas de Alfonso X, se registran varios intentos de dotar de rango de lengua de la cultura al romance castellano o español.

En la singular evolución del latín vulgar en la Península incidirán, de manera muy significativa, dos ocupaciones territoriales: la primera, procedente de los pueblos germánicos del Norte, la segunda, de los pueblos árabes del  sur. Los pueblos germánicos irán llegando, en oleadas sucesivas, a lo largo del siglo V, más exactamente desde el año 409. Aun cuando su romanización fue rápida y siempre se insista en su escasa aportación cultural, la lengua romance peninsular registra un buen número de términos, topónimos y antropónimos en su léxico, sobre todo de procedencia goda y visigoda. García Yebra se ha referido, en el campo de la traducción, a la realizada por el obispo Ulfilas, quien vertió del griego al gótico la totalidad de la Biblia, a excepción de los dos libros de los Reyes: “Cuando los visigodos se establecieron aquí, llevaban ya varios siglos de contacto con el Imperio Romano y habían aceptado, como los otros pueblos Godos, el cristianismo arriano. El obispo Ulfilas, que, además de su propia lengua, sabía latín y griego, había traducido al godo, en el siglo IV, casi toda la Biblia. Su versión era de uso general entre los visigodos.

Fuente: Aproximación a una historia de la traducción en España. José Francisco Ruiz Casanova

Paula Lara Domínguez

Docente y traductora 

paulalaradominguez@gmail.com

(+34) 655301305

laratranslations.webnode.es

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