A partir del siglo VIII, con la llegada de los pueblos árabes, la dominación política y cultural, nunca culminada del todo y en toda la Península, dejará paso a una larga época de influencia y aportaciones culturales: astronomía, matemáticas, filosofía, medicina, arquitectura, agricultura, comercio y literatura dejarán su huella en la Península y en su romance, enriquecido- se estima- con más de cuatro mil términos. Pero las lenguas del Islam no se imponen, con lo que el romance sigue conformándose y se encuentra ya cercano a ser reconocible como lengua de la escritura hacia el siglo X.

Las muestras literarias más antiguas en romance, como sabemos, las jarchas. Éstas eran estribillos situados al final de una canción lírica, la moaxaja, escrita en árabe o en hebreo. Su descubrimiento tardío, en 1948, se debió al hecho de que estas composiciones estaban escritas, de manera uniforme, en caracteres arábigos o hebraicos; las más antiguas de entre las conservadas datan del siglo XI, y son una prueba más de la convivencia  intercultural – e interlingüística- de los pueblos árabes, hebreos y cristianos en la Península. Pero la evolución del romance no fue, como puede suponerse, homogénea ni unívoca. Cada zona desarrolló su peculiar evolución, partiendo del latín, de manera que hacia los siglos X y XI pueden distinguirse los siguientes dialectos: “Los dialectos eran al norte, el gallego-portugués, el leonés, el castellano, el navarro-aragonés y el catalán. Al sur los dialectos mozárabes que, aislados de los demás y cohibidos por el uso del árabe como lengua culta, tuvieron una evolución muy lenta en algunos aspectos” (García Yebra).

Los pueblos árabes fueron los primeros en la Península que practicaron de forma continuada la traducción. Esta labor, en palabras en García Yebra, supuso un vínculo entre Oriente y Occidente, pues muchas fueron las obras griegas y latinas que se tradujeron al árabe durante el reinado de Al-Mamún (813-833) en Bagdad,es tomada por un precedente de las posteriores Escuelas de Traductores de Toledo de los siglos XII y XIII. No en vano, y por mandato del entonces infante Alfonso, la primera traducción literaria al castellano realizada en la Península será una colección de cuentos tradicionales árabes titulada Calila e Dimna hacia 1251.

La labor de Alfonso X el Sabio no sólo es de primera magnitud, como se verá, en el terreno de la traducción, sino también en el de la lengua y su uso. A él se atribuye la fórmula del “castellano drecho”, un claro antecedente de la actitud purista que en tantas y diversas etapas ha caracterizado a nuestra lengua o a sus defensores. Según Lapesa, “la labor de Alfonso X capacitó al idioma para su exposición didáctica”, al rey se atribuye- al rey y a su escuela de traductores, se entiende- la creación de una prosa castellana que, no obstante su embrionario estado y su afán por la norma, se caracterizará por la adaptación o la adopción de multitud de términos latinos y árabes, sobre todo en los campos científico y técnico. En las obras traducidas durante este periodo, e incluso en las propias, es patente el esfuerzo por aclarar los conceptos y acercar, de forma didáctica, los contenidos al lector.

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Fuente: Aproximación a una historia de la traducción en España, José Francisco Ruiz Casanova

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