Los niños pequeños por lo general producen su primera palabra reconocible (papá o mamá) alrededor de su primer cumpleaños; desde entonces hasta aproximadamente la edad de 18 meses, el habla de los niños consiste básicamente en palabras sueltas dichas de forma aislada (por ejemplo, un niño que quiere una pera dirá típicamente “pera”). A partir de aquí se observa un rápido crecimiento en el desarrollo gramatical de los niños, de forma que hacia los 30 meses la mayoría de los niños son capaces de producir oraciones como las de los adultos, oraciones tales como “Papá, ¿me puedes dar una pera?” A partir de esta sucinta caracterización del desarrollo lingüístico surgen una serie de tareas para el lingüista del desarrollo. Primero, es necesario describir el desarrollo del niño basándose en una secuencia de gramáticas: sabemos que los niños se vuelven adultos y estamos suponiendo que, como adultos, serán hablantes nativos, que tendrán acceso a una gramática representada mentalmente; luego, lo natural es suponer que van hacia esa gramática de adulto, pasando por una secuencia de gramáticas “incompletas” o “inmaduras”. Segundo, es importante intentar explicar cómo es que después de un período de un año y medio en el que no hay ningún signo obvio de que el niño sea capaz de formar oraciones, entre el año y medio y los dos años y medio se produce una especie de “arrebato” que hace que los niños empiecen a formar oraciones cada vez más complejas dando lugar a un fenomenal crecimiento en el desarrollo gramatical durante ese período. La uniformidad y la rapidez (una vez el “arrebato ha empezado”) que caracterizan el patrón de desarrollo lingüístico de los niños son hechos centrales a los que una teoría de la adquisición del lenguaje debe buscar explicación. Chomsky mantiene que la manera más plausible de explicar la uniformidad y la rapidez de la adquisición de la primera lengua es suponer que dentro del cerebro humano hay una facultad del lenguaje innata y de la que estamos dotados biológicamente (también llamada programa de adquisición de la lengua, si tomamos la metáfora del ordenador) que determina la trayectoria de la adquisición. Esta facultad, transmitida genéticamente, dota al niño de un conjunto de procedimientos para desarrollar una gramática y es lo que le hace ser capaz de producir y comprender oraciones en la lengua que está adquiriendo a partir de sus experiencias lingüísticas (es decir, a partir de la información lingüística que recibe al oír hablar). Los niños que adquieren una lengua observarán que las personas de su entorno utilizan el lenguaje, y el conjunto de expresiones de una lengua (y los contextos en los que se producen) que el niño va oyendo en el curso de la adquisición de la lengua constituyen sus experiencias lingüísticas de esa lengua. Estas experiencias sirven como estímulo de la facultad del lenguaje del niño, que le provee de un conjunto de procedimientos para analizar esas experiencias de forma que a partir de ellas pueda construirse una gramática de la lengua que está adquiriendo. La hipótesis de Chomsky de que la trayectoria de la adquisición del lenguaje está determinada por una facultad del lenguaje innata se conoce popularmente como hipótesis innatista.

Invocar una facultad del lenguaje innata que está a disposición del niño sólo en algún punto de su desarrollo determinado genéticamente puede constituir un enfoque plausible a las cuestiones de la uniformidad y la rapidez, pero, además, hay otra observación que permite pensar que la hipótesis innatista, en alguna de sus versiones posibles ha de ser correcta. Y esta es que el conocimiento de una lengua representado en una gramática adulta parece ir más allá de todo lo que las experiencias lingüísticas le han ido suministrando al niño. Una demostración simple de ello es el hecho de que los hablantes nativos adultos no solo son capaces de combinar palabras y frases de forma aceptable, sino que también son capaces de reconocer combinaciones inaceptables. Es obvio que cuando la gente habla comete errores (aunque la investigación ha demostrado que el lenguaje que utilizamos con los niños está casi libre de errores. Sin embargo, cuando sucede, no hay ninguna señal clara que le indique al niño que lo que acaba de decir un adulto contenga un error, es decir, en lo que concierne al niño, una elocución que contiene un error es como cualquier otra experiencia lingüística, con lo que va a ser tratada igual que las que no contienen errores. Además, se ha demostrado que las correcciones que hacen los adultos del habla de los niños no llevan a cabo un control sistemático de si lo que está produciendo el niño son combinaciones sintácticamente aceptables o inaceptables de palabra y frase; los padres sí que corrigen a sus hijos, pero cuando lo hacen es para asegurarse de qué están diciendo los niños de verdad: la corrección gramatical no es su objetivo. De todas formas, hay evidencias convincentes de que los niños no están expuestos sistemáticamente a información sobre las secuencias inaceptables, de lo que se sigue que, a este respecto, la experiencia lingüística del niño no es suficiente para justificar la gramática del adulto. A partir de este argumento sobre la pobreza de los estímulos se deriva que hay algo que debe añadirse a las experiencias lingüísticas y que la facultad del lenguaje cumple esta función. Visto esto, es importante subrayar que los niños tienen la capacidad de adquirir cualquier lenguaje natural, dada una experiencia apropiada de esa lengua.

Por ejemplo, un niño británico nacido de padres monolingües hablantes del inglés y educado por padres monolingües hablantes del japonés en una comunidad que hable el japonés adquirirá el japonés como lengua nativa. Por lo que es lógico pensar que los contenidos de la facultad del lenguaje no han de ser específicos de ningún lenguaje humano en concreto. Si la facultad del lenguaje da cuenta de la uniformidad y la rapidez de la adquisición del japonés, ruso, suaheli, etc., y si la facultad del lenguaje explica que las experiencias del inglés del niño son insuficientes para adquirir la gramática del ruso, y la del suahelí para adquirir la gramática suahelí, etc., y si la facultad del lenguaje explica que las experiencias del inglés del niño son insuficientes para adquirir una gramática del inglés, también debe explicar lo insuficiente que resulta la experiencia del japonés para que un niño adquiera una gramática del japonés, y la del ruso para adquirir la gramática del ruso y la del suahelí para que adquiera la del suahelí, etc. lo que implica que la facultad del lenguaje ha de incorporar un conjunto de principios de la GU (principios de la Gramática Universal) que hagan que le niño sea capaz de formar e interpretar oraciones en cualquier lenguaje natural. Así, podemos ver la importante convergencia de intereses de los lingüistas y de los lingüistas del desarrollo, ya que los primeros buscan formular principios de la GU a partir del estudio detallado de las gramáticas de los lenguajes adultos y los segundos tienen como objetivo descubrir estos mismos principios examinando las gramáticas de los niños y las condiciones bajo las cuales emergen. La facultad del lenguaje es específica de nuestra especie, es decir, que la capacidad de desarrollar una gramática de una lengua se da únicamente en los seres humanos. Esta capacidad nos distingue incluso de nuestros más cercanos primos primates, los grandes simios como los chimpancés y los gorilas, y, por tanto, al estudiarla, estamos centrando nuestra atención en una de las características que definen lo que significa ser un ser humano. Ha habido numerosos intentos de enseñar una lengua a otras especies, y cualquier éxito en esta área nos forzaría a cambiar la afirmación que acabamos de hacer. lo que sí se ha demostrado posible es enseñar una colección de signos a chimpancés, signos parecidos a los empleados en los lenguajes de signos que los sordos usan como lengua nativa, y más recientemente, se ha publicado que los chimpancés pigmeos pueden entender algunas palabras de inglés hablado, e incluso seguir unas pocas órdenes. Esta investigación suscita muchas pasiones, y no podemos, desde luego, decir que nunca producirá resultados espectaculares. Por el momento, sin embargo, podemos asegurar que todos los intentos, por más intensivos que hayan sido, de enseñar conocimiento gramatical a los monos han fallado espectacularmente cuando los logros de los simios se comparan con los de un niño normal de tres años. Tal como están las cosas, las evidencias están totalmente a favor de la especificidad de la especie de la facultad del lenguaje.

Fuente: Introducción a la lingüística, Andrew Radford et al.

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