Siempre, desde que me reconozco, he sentido que los cuentos me eran importantes, necesarios, imprescindibles. Que me enseñaban, me entretenían, me acompañaban, me arrullaban. Que me llegaban muy dulces al oído, me hacían llorar y reír, me asustaban, me invitaban a soñar… yo solía copiarme las cosas que pasaban en las historias para jugar mejor, con más enjundia, con mejor argumento. Y recuerdo que, a veces, me bastaba con evocar un cuento para desatarme las alegrías o las tristezas , para imaginarme otra, para casi volar.

Después he sabido que, en otros tiempos, los médicos hindúes y también los de otros pueblos, “recetaban” a sus enfermos fábulas, versos, historias o aforismos para recuperar la salud, la alegría y la confianza en sí mismos. Porque el mensaje de los cuentos no es otro que “anímate”, “las dificultades se pueden superar”, “no importa que seas débil o inexperto, si te esfuerzas y perseveras, lograrás tus deseos”, “si eres buena persona conseguirás tener lo que sueñas”, “si luchas encontrarás una senda a tu medida”.

Y es que aprender de otras gentes, de otros lugares, de otras vidas es precisamente lo mejor que nos ofrecen los cuentos. Aprender del universo externo y del interno (ese piso de abajo emocional que nos conmueve). Aprender de unos y de otros. Aprender de todo y de uno mismo. Aprender a vivir.

Ítalo Calvino decía que los cuentos “son tomados en su conjunto, con su siempre reiterada y siempre diversa casuística de acontecimientos humanos, una explicación general de la vida, nacida en tiempos remotos y conservada en la lenta rumia de las conciencias campesinas hasta llegar a nosotros; son un catálogo de los destinos que pueden padecer un hombre y una mujer, sobre todo porque hacerse con un destino es precisamente parte de la vida: la juventud, desde el nacimiento que a menudo trae consigo un augurio o una condena, al alejamiento de la casa, a las pruebas para llegar a la edad adulta y la madurez para confirmarse como ser humano”. (Ítalo Calvino)

La protagonista del cuento Estrellita de oro es una muchacha bonita y tranquila, a la que maltratan su madrastra e hija. Un día la envían al campo con un imposible encargo llamado a fracasar y por el camino se tropieza con una viejecita comprensiva y generosa con las buenas personas, que le regala las tres “gracias” : “que cuando rías, caigan perlas. Que cuando te peines caigan rosas. Y que cuando te metas la mano en el bolsillo, encuentres siempre dinero”.

A medida que he ido pensando en el cuento se me ha ido llenando cada vez más de connotaciones. Así que ahora las perlas a mí me significan pensamientos genuinos, originales, autónomos, libres. A las rosas las entiendo como afectos, sensibilidad, escucha, compañía; algo así como la alegría que da el tener claro lo que se quiere, ser capaz de perseguir los propios deseos. El dinero lo traduzco como la riqueza que aporta la curiosidad puesta en juego, la continua búsqueda, la experiencia acumulada; en una palabra, la actitud abierta y activa ante el trabajar, el aprender, el “arreglárselas” para vivir.

¡Para mí quiero esos dones!  Y los quiero… También para mi familia, mis compañeros, mis amigos, mis alumnos. Tres “gracias” que nos llevarían de la mano de las historias, que actúan como hermanos mayores, como ejemplos, como posibilidades…, hasta la realidad, la salud y el inestable equilibrio que supone vivir.

Los cuentos, memoria colectiva.  Los cuentos,  “catálogo de comportamientos”, como decía Ítalo Calvino.  Los cuentos, el placer y la necesidad de aprender a ser gente entre la gente, y a ser uno mismo y diferente entre todos los supuestos iguales.

Fuente: Mi escuela huele a naranja. Mari Carmen Díez Navarro

Paula Lara Domínguez

Docente y traductora 

paulalaradominguez@gmail.com

(+34) 655301305

laratranslations.webnode.es

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